I
La publicación de esta nueva entrega de Las líneas de
Chávez —la número 50: no es poca cosa— coincide
con el décimo primer aniversario de la gran victoria popular
del 6 de diciembre de 1998.
En esta luminosa y trascendente fecha, la voluntad soberana de las mayorías
liquidó definitivamente al modelo político puntofijista
que desgobernó y saqueó a Venezuela durante cuarenta largos
años, abriendo de par en par los grandes portones de un nuevo
tiempo histórico: el tiempo de la Revolución hecha Gobierno.
La Revolución que se inició con la rebelión popular
del 27 de febrero de 1989, y prosiguió con las rebeliones militares
del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, desencadenó un largo
y complejo proceso de organización y acumulación de fuerzas
que hizo posible la espléndida y hermosa síntesis del
6 de diciembre de 1998.
Aquel memorable 6 de diciembre el pueblo tomó la decisión
irrevocable de convertirse en protagonista de su propia historia y conductor
de su propio destino. No se trataba de una jornada electoral más
ni de cambiar a un presidente por otro: el pueblo quería ser
y se hizo el alfarero de una nueva República y el constructor
de una Venezuela real y verdaderamente libre, real y verdaderamente
soberana, real y verdaderamente independiente.
Compatriotas: A la luz de este gran día de aniversario quiero
volver a expresar, con el más fiel y acendrado sentimiento de
amor, la infinita admiración y la no menos infinita gratitud
que siento hacia ustedes, el gran pueblo del Padre Simón Bolívar.
A ustedes me debo: a ustedes le pertenece mi vida.
II
¡Bancos para el Pueblo!
Necesario es insistir en la profunda diferencia existente entre la lógica
del Estado revolucionario que estamos creando, que hace del pueblo su
razón de ser, y la lógica del Estado burgués.
Dentro de la lógica del Estado burgués el capital se paga
y se da el vuelto: lo único que importa es el fortalecimiento
permanente del propio capital para sostener una estructura económica
que no sólo vela por los privilegios abusivos de unos pocos,
sino que está diseñada para la reproducción de
un modelo de sociedad signado por la desigualdad y la exclusión
de las mayorías.
Hagamos memoria: cuando la crisis financiera sacudió a Estados
Unidos, vimos cómo el poder del Estado salió presto a
auxiliar a los banqueros corruptos dejando en el olvido a los ahorristas.
En nuestro caso, la intervención estatal de —hasta ahora—
siete bancos se orienta, sin ambigüedades, hacia la protección
de los y las ahorristas, garantizándoles lo que les pertenece
por derecho. En este caso concreto, se trata de la cantidad de 713.200
depositantes que confiaron en esos siete bancos. Pero, además,
tomamos la decisión de pasar al sistema financiero público
a dos de estos bancos con la soberana intención de fortalecer
y ampliar el apoyo a los sectores socialmente más necesitados.
¡Vaya diferencia! Allá los banqueros son protegidos para
que continúen con sus marramucias; aquí los delincuentes
de cuello blanco van a parar a la cárcel.
Indigna que las voces apátridas y desestabilizadoras que se dan
cita en los medios privados pretendan crear zozobra a partir de falsedades:
son las mismas voces que no dijeron nada en relación con la crisis
financiera del país del Norte al que tanto veneran. ¡No
se saldrán con la suya: no podrán con nosotros!
Tengamos presente que “uno de los graves problemas que hoy deben
enfrentarse son las derivaciones que ha generado un sistema y, en este
caso, un sistema financiero propio del capitalismo, que ha provocado
a lo largo de la historia innumerables crisis”, tal como lo señaló,
con toda precisión, nuestro ministro del Poder Popular para la
Economía y Finanzas, Alí Rodríguez Araque, el pasado
30 de noviembre.
Estamos sentando un precedente histórico. Si echamos la mirada
hacia atrás, nos encontramos con una sucesión de gobiernos
que sólo privilegiaban a los dueños de la banca, premiándoles
sus fechorías, tal y como sucedió con el último
Gobierno de la 4ta República, al que nunca le importó
la suerte de los miles y miles de compatriotas que se convirtieron en
víctimas de la crisis bancaria de 1994. Todo lo contrario: procedió
a auxiliar financieramente a los causantes de aquella terrible crisis,
quienes no conformes con robar flagrantemente a sus ahorristas, procedieron
a volarse con la plata del Estado, esto es, con el dinero de todos los
venezolanos. Ni uno solo de los llamados banqueros prófugos pagó
por sus delitos.
Razón tenía José Martí: “Importa que
el dinero sea abundante, importa más que lo den manos honradas”.
No permitiremos, pues, que la deshonra nos contamine y deshumanice:
hay que hacer imperar la justicia si queremos seguir avanzando en el
proyecto bolivariano. Dejar que los banqueros delincuentes se salgan
con la suya equivaldría a defraudar la confianza del pueblo y,
más aún, a herir gravemente al alma nacional.
Estamos obligados a llamar al pan, pan, y al vino, vino, fuera de todo
eufemismo cómplice y justificador de lo injustificable: ésta
debe ser la base de nuestro discurso ante una arremetida mediática
que, todos los días, lanza a los cuatro vientos que Chávez
“quiebra bancos para hacerse de ellos”. No basta decir que
“hemos liquidado dos bancos”: necesario es explicar, detalladamente,
el porqué de su liquidación, cuáles son las causas
que llevaron a tal decisión, con las pruebas en la mano, para
que tales banqueros queden ante la opinión pública como
lo que real y verdaderamente son: vulgares ladrones, rateros encorbatados,
carteristas y cleptómanos empedernidos que, al menor descuido,
te vacían los bolsillos y todo lo que tengas en tu casa.
Cierto que hemos derrotado, en gran medida, la campaña terrorista
de los medios privados, pero necesario es pulverizarla completamente,
a sabiendas de que un sector no desdeñable de nuestra población
continúa bajo su desquiciante influencia.
III
¡Evo Bolivia!
En el día de hoy nuestra hermana Bolivia, la hija predilecta
del Libertador, va a consolidar el proyecto transformador que lidera
nuestro camarada Evo Morales.
Resuenan ya los cantos de victoria que bajan del nevado Sajana, de las
serenas aguas del Titicaca, del Altiplano, de las salinas de Uyuní.
Se preguntaba nuestro Libertador: “¿Qué quiere decir
Bolivia?”. Y se respondía con absoluta convicción:
“Un amor desenfrenado de libertad”. Un amor que volverá
a imponerse en este día.
Bolivia avanza hacia su definitiva descolonización: hoy se reconoce,
con renovado orgullo, en la fuerza y la densidad de la milenaria memoria
aborigen. Los olvidados y excluidos de siempre han dejado de ser las
víctimas seculares del racismo y la segregación: hoy ejercen
el poder y son legítimos dueños de su destino y su dignidad.
Todo ello ha sido posible porque en la Presidencia está uno de
los suyos que, cada día, cumple fielmente con el sagrado mandato
de gobernar obedeciendo. Un mandato que, desde siempre, lleva en la
conciencia y en el corazón.
Son las tradiciones originarias las que están en el poder con
Evo: es el modo comunitario de producción y de vida el que está
en el poder con Evo. Evo es un jefe indio que no va a traicionar ni
a traicionarse porque es fiel a un legado ancestral que está
más vivo que nunca.
Hoy los bolivianos y bolivianas se lanzarán a las calles, campos
y serranías a respaldar a un hombre que se las está jugado
junto a ellos y ellas: a Evo Pueblo, Evo Bolivia.
¡¡ Patria socialista o muerte !!
¡¡Venceremos para siempre!!