Por allí se me van los recuerdos en estas líneas de hoy.
Pero los recuerdos se entrelazan con la historia real, la historia viva,
la que palpita en el corazón de la tierra Patria. Hoy, casi medio
siglo después, recuerdo haberlo oído clarito, mientras
jugábamos en el patio trasero que daba con la selva por donde
cruzaba un camino bordeado de grandes matas de mango y por el cual se
podía llegar, allá a lo lejos, a la carretera negra. Era
aquella la casa grande de la bisabuela Marta, allá en las riberas
del Caño e´ Raya, donde comienzan las antiguas selvas de
Mijagual que se entregan luego en brazos del impetuoso Río Apure.
Sí. Lo oímos clarito. Éramos un grupo de niños
de entre 6 y 10 años, Adrián, Guillermo, Chiche, Adán,
Nacho… Y yo que era de los más pequeños, con el
cabello amarillo y hecho todo un amasijo de chicharrones, por lo que
todos me decían “bachaco”. En verdad era un bachaquito
más, en medio de aquellos campos llaneros donde se mezclaron
todas las razas; la india, la blanca, la negra, todas.
Lo oímos clarito y salió de la cocina donde hacían
la comida, tomaban café y conversaban hombres y mujeres de la
familia, entre ellos mi padre y mi madre. Fue como un rayo. “Ese
era un asesino” dijo alguien. Hablaban de Pedro, el abuelo de
Elena, mi madre. Pedro Pérez o Maisanta. Pedro Pérez Delgado,
pues.
Me traje por muchos años aquella especie de condena, “ese
era un asesino”, y nunca supe por qué, pero siempre la
sentía como un peso grande sobre mis hombros, como una espina
clavada en mi corazón de niño.
Me aliviaba mucho oírle a mi padrino Eligio Piña sus cuentos
de cosas viejas. Así los llamaba él, desde su inolvidable
silleta en la esquina de la calle “El Llanero”. Mi padrino
contaba de un guerrero que vivió en Sabaneta, allí mismo
a pocas cuadras de la “Madre Vieja”. Que montaba un caballo
negro llamado “Bala” y que sobre su lomo se fue, por los
rumbos del Apure, con un fusil al hombro, alzado contra Gómez,
el General que mandaba en Caracas. Le decían Maisanta o el Americano.
Un día me dijo, mientras yo me iba apurado a seguir vendiendo
arañas hacia la Calle Real: “Epa bachaquito, tú
llevas la sangre de Maisanta por dentro. Tu mamá es hija de Rafael
Infante, uno de los hijos del Guerrero del Caballo Negro. ¡Ese
era un revolucionario!”.
Salí como disparado por la Calle Real y cuando le pregunté
a la mamá Rosa si sería un asesino o sería un guerrero
revolucionario, la abuela me dijo que se oían muchas cosas, muchos
cuentos y que al final no se sabía la verdad.
Pues bien, han pasado casi cincuenta años y la vida me permitió
conseguir la verdad:
¡Ese era un guerrero revolucionario!
Y hoy podemos decir con Fidel: ¡Maisanta, la historia te absolverá!
Hombre, mujer, joven, niño, niña, compatriota que me lees.
Quiero invitarte, reflexivo como estoy ahora mismo, bajo esta fuerte
lluvia que cae esta tarde en la que escribo, a colocarnos en la perspectiva
del tiempo. Con ello estoy recordando a Meszáros y su obra “El
desafío y la carga del tiempo histórico”.
El desafío que hoy tenemos frente a nosotros es realmente grande,
para decirlo a lo Meszáros, pues se trata de lograr la articulación,
desde lo teórico pero sobre todo en lo práctico concreto
de la vida del pueblo como colectivo conformado por hombres y mujeres
individuales, entre “el tiempo limitado de los individuos y el
tiempo radicalmente ilimitado de la humanidad”.
En verdad está comprobado mil veces: el individuo o grupo de
individuos poseídos por la llamada lógica del capital,
son incapaces de elevarse sobre la perspectiva del corto plazo y por
sobre la visión egoísta que coloca al yo y al ahora por
sobre el nosotros y el futuro en construcción.
Sólo la conciencia (y la conciencia, como lo dice Víctor
Hugo “es el acumulado de ciencia que tenemos en nosotros mismos”),
libera al ser humano de la tiranía del “tiempo sin futuro”.
Puede decirse algo más: Hay una fuerza tan poderosa como la conciencia
y esa es el amor. Para decirlo con Cristo, cuando ama al prójimo
como a sí mismo, entonces el ser humano es capaz de empinarse
por sobre las miserias del egoísmo y las cadenas del cortoplacismo.
Hoy, ya entrado el mes de noviembre de 2009, preciso es tener conciencia
de que estamos llegando a la mera mitad de este período constitucional
de gobierno.
Dentro de apenas un mes se cumplirán tres años de aquella
resonante victoria en las elecciones presidenciales de 2006. Y en enero
de 2010 se iniciará entonces la segunda mitad del período.
Los años 2010, 2011 y 2012 serán de una poderosa ofensiva
que nos permitirá continuar solucionando los numerosos problemas
que aún aquejan a Venezuela.
Serán tres años de dura batalla, para continuar elevando
el nivel de vida de todo el pueblo, satisfaciendo sus más sentidas
necesidades.
Ello sólo será posible, en verdad os vuelvo a repetirlo,
por el camino del Socialismo.
En esa perspectiva del tiempo histórico y su desafío,
este tu gobierno, nuestro gobierno, seguirá desplegado junto
a ustedes, al calor del alma popular, con el combustible inigualable
del amor del pueblo, enfrentando todas las tareas y dificultades que
se atreviesen en el camino.
Y es que la revolución socialista tiene como fin esencial precisamente
ese, el de darle a todos y todas la mayor suma de felicidad posible,
para decirlo con Bolívar.
Hoy domingo, por ejemplo, estaremos en Portuguesa, entregando un importante
número de viviendas al pueblo de aquel Estado llanero. Forman
parte de un gran lote de más de 80.000 nuevas viviendas que actualmente
está construyendo la revolución.
¡Viviendas dignas para nuestro pueblo!
Espaciosos apartamentos de 70 mts. cuadrados, de 80 mts. cuadrados,
con todos los servicios y un muy humano urbanismo, y cuyo precio no
supera los 180 mil Bsf, menos de la mitad de lo que cobra el mercado
capitalista. Además, el gobierno subsidia parte de ese precio,
cobra tasas de interés del 4,5 %, a 30 años de plazo…
¡Ah, que le entregaron vivienda a mis vecinos y a mí todavía
no… la respuesta está allí en la conciencia y en
el desafío que enfrentamos como la carga de nuestro tiempo histórico!
Y la respuesta la tiene también el gobierno, con la aceleración
de los programas de vivienda y el incremento de la eficiencia y la calidad
revolucionaria.
¡¡Maisanta, que son bastantes!!
¡Maisanta, que venceremos!