Fogonazo de las manos y alma de nuestro pueblo, llamarada patria para
entintar con sus luces el crepúsculo paraguanero. Como dicen
esos versos de nuestro Alí Primera dedicados al Guerrillero Heroico,
las manos de los trabajadores de la gran plataforma ENSCO 68, ubicada
en lo que constituye el mayor pozo de gas de nuestro país, el
Perla 1X, dijeron también: pueblo, pueblo; cantaron con algarabía:
fuego, fuego.
Siempre hemos insistido en ello: Venezuela será una potencia
gasífera, una potencia energética. Así se ha confirmado,
una vez más, con el fogonazo de este jueves 15 de octubre: nuestro
país se convertirá en la cuarta potencia mundial en reservas
probadas y certificadas de gas. Inicialmente se estimaba que el Perla
1X podía tener una reserva de cerca de tres trillones de pies
cúbicos; sin embargo, las recientes mediciones han señalado
que la producción es de ocho trillones de pies cúbicos.
A propósito, quiero recordar unas palabras de Orlando Araujo.
Un 26 de febrero de 1959 alertaba sobre la quema y desecho que hacían
las transnacionales petroleras de la gran riqueza de gas que ya para
aquel entonces estaba probado que Venezuela poseía: “Sea
cual fuere el valor matemáticamente exacto de tan cuantiosas
pérdidas, lo cierto es que el parpadeo incesante de los mechurrios
en las lóbregas llanuras de Oriente debemos sentirlo los venezolanos
de hoy como un intermitente remordimiento de conciencia, y como un permanente
llamado a la acción creadora”.
Heredera de esta angustia colectiva que supo recoger el gran barinés
Orlando Araujo, la Revolución Bolivariana se ha hecho eco de
su permanente llamado a la acción creadora. Se trata de convertirnos,
quiero reiterarlo, en una gran potencia moral desde el mismo momento
en que el cambio de nuestra matriz energética —como dice
Alí Rodríguez Araque— sea una realidad como, de
hecho, ya lo está siendo.
Gracias al reimpulso dado por el Gobierno Bolivariano al proyecto gasífero
nacional, Pdvsa se encuentra preparada no sólo para proveer de
gas doméstico a 14 mil viviendas de Caracas en una primera etapa,
sino para que, en la brevedad posible, el 50% del parque automotor de
nuestro país utilice gas. Una real y verdadera revolución
energética está en marcha y no desmayaremos hasta que
no veamos hechas realidad las grandes transformaciones que promete.
Quiero compartir de nuevo con todos ustedes, compatriotas, otra gran
angustia que me embarga desde que leyera, en vísperas del Día
Internacional de la Alimentación, el último informe de
la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y
la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés). Según
este organismo internacional, en América Latina y el Caribe el
número de personas en extrema pobreza o indigencia se incrementará
en tres millones.
Las previsiones de la FAO indican que la recesión provocará
a fin de año un retroceso de los subnutridos al nivel que se
registró hace 20 años. La cruda realidad que padece el
pueblo de Guatemala en estos momentos nos confirma, dolorosamente, que
no es cuento tal aseveración.
Por tal razón, en Venezuela seguimos empeñados en revertir
radicalmente esta tendencia negativa que no es culpa de nuestros pueblos,
sino consecuencia del fracaso del capitalismo como sistema de dominación.
Este miércoles 14, por ejemplo, se inició la primera cosecha
de arroz y maíz de semilla en la parcela piloto del sistema de
riego Santo Domingo, en el municipio Corazón de Jesús
del estado Barinas. Con esta experiencia piloto se ha obtenido un rendimiento
superior a 6.000 kilogramos por hectárea, considerando que el
promedio nacional es de 4.000 kilos por hectárea.
La meta es que Venezuela produzca 100% de las semillas certificadas
que requiere para 2011, en aras de alcanzar la plena soberanía
alimentaria a la que aspiramos como pueblo. De modo que uno de nuestros
más encarnizados esfuerzos en esta VII Cumbre de la Alianza Bolivariana
en Cochabamba, será la de trabajar en el avance de las empresas
grannacionales, entre ellas la dedicada a la producción y distribución
de rubros alimenticios, denominada ALBA Alimentos, para enfrentar la
amenaza de una crisis alimentaria que, a todas luces, debemos conjurar
a tiempo.
Esta VII Cumbre de la ALBA-TCP tiene una importancia capital. No se
trata, por supuesto, de disminuir el valor estratégico que cada
cumbre y cada encuentro han tenido, en particular porque dan constancia
de la marcha y de la maduración del proceso de unidad.
Es, para decirlo con Bolívar, “el bien inestimable de la
unión” lo que se materializa a través de la Alianza
Bolivariana. En su carácter de instrumento unitario de los pueblos,
estará siempre un paso adelante: la burocratización no
tiene cabida en nuestra Alianza.
El Sistema Único de Compensación Regional (Sucre), pieza
clave en el proyecto, comienza a ser una realidad tangible y concreta.
Y tiene que serlo: en el Sucre se condensa la voluntad de un proyecto
alternativo viable y justo para nuestra región, de cara a los
estragos de la crisis financiera. De la crisis, enfaticemos, no sólo
del capitalismo como modelo sino de la lógica misma del capital.
Ya lo decía José Martí, Apóstol de América,
en mayo de 1891: “Quien dice unión económica, dice
unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo
que vende, sirve. Hay que equilibrar el comercio, para asegurar la libertad.
El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere
salvarse, vende a más de uno. El influjo excesivo de un país
en el comercio de otro, se convierte en influjo político”.
En este conjunto de premisas se vislumbra el propósito y el sentido
del Sucre.
Un modelo económico regional unificado a través de una
moneda propia, desde su lectura política, no sólo implica
mayor equidad y soberanía en el intercambio: la construcción
de una nueva arquitectura económica y financiera debe venir acompañada
de una profunda voluntad de producir justicia social, económica,
ambiental.
Y esta tarea no podría ser posible sin la participación
directa de los movimientos sociales, campesinos, feministas. Ellos son
la base fundamental del pueblo organizado en la Alianza Bolivariana
y el sustrato ideológico de nuestra historia: quien conoce desde
cada localidad, desde cada región, en su historia e identidad,
los modos más justos de intercambio, de producción de
cultura y dignidad, de trabajo agroecológico de la tierra y de
una economía justa y popular; es el pueblo organizado que vive
en constante lucha por sus necesidades y sus reivindicaciones. El poder
popular en su más clara expresión.
Creo que nadie como los movimientos sociales y populares está
más calificado para discutir los temas de nuestra agenda: ellos
son los principales sujetos del Tratado de Comercio de los Pueblos (TCP).
La Alianza Bolivariana es producto de sus luchas: son el poder emergente
que le está dando vida a un nuevo proyecto histórico y
construyendo, desde la base, el camino hacia nuestra definitiva independencia
que es el mismo camino hacia la más perfecta unidad de nuestros
pueblos.
Como dijera el gran sociólogo peruano Aníbal Quijano:
“Toda democratización posible de la sociedad en América
Latina debe ocurrir en la mayoría de estos países, al
mismo tiempo y en el mismo movimiento histórico, como una descolonización
y como una redistribución del poder. En otras palabras, como
una redistribución radical del poder”.
Y ese proceso de democratización descolonizadora no tiene otro
nombre, desde la Alianza Bolivariana lo decimos, que el luminoso nombre
del socialismo.
Desde Cochabamba, aquí en el corazón de Bolivia, lo seguimos
diciendo:
¡Patria, socialismo o muerte!
¡Venceremos!