|
Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra
de nuestra regeneración, continúa siendo la frase más
acabada que expresa el sagrado propósito del pensamiento bolivariano:
nuestro Libertador la escribió, un día como hoy, el 6 de
septiembre de 1815, como respuesta de un Americano Meridional a un Caballero
de Jamaica, Henry Cullen. Este monumental documento conocido por la historia
como La Carta de Jamaica expresa la utopía concreta más
sublime y trascendente que se haya forjado en este lado del mundo: las
bases materiales para la construcción y la creación de un
Nuevo Mundo aparecen en estas páginas que parecen haber sido escritas
ayer en la noche.
En verdad, la carta profética nos impulsa a reflexionar sobre la
relación de nuestros pueblos con la utopía y, más
aún, con la utopía concreta americana —que hoy adquiere
su más nítida forma— a pesar de que todo parecía
desmentirla en 1815.
No otra cosa entonces fue lo que nos impulsó en Bariloche: no otra
cosa este volar impetuoso a tierras distantes en lo espacial pero cercanas
y hermanadas en nuestros corazones por medio de este sentimiento Sur-Sur
que nos embarga. Se trata de la conformación de un mundo multiplural
y pluripolar que nos blinde ante las amenazas imperialistas.
Tal y como lo dije en Argelia, quiero reiterarlo: ante la nueva arremetida
imperial y de sus movimientos de extrema derecha, golpista y vendepatria,
que pretende frenar los cambios en nuestra América y en el mundo;
ante esa agresión, la respuesta no es otra que acelerar los procesos
de unión como lo estamos haciendo en nuestra región, a la
vez que aseguramos los procesos de acercamiento e integración de
los bloques geopolíticos.
Por estos caminos andamos porque la única amenaza real y verdadera
para todos nosotros es la continuidad de la hegemonía del imperialismo
yanqui.
El interés bien entendido de una República se circunscribe
a la esfera de su conservación, prosperidad y gloria, decía
Bolívar también en su carta profética de 1815. El
desarrollo económico, el auge de las luces, la práctica
cotidiana de la igualdad y, en consecuencia, de la libertad, son los elementos
centrales de una República genuina en el marco del respeto y la
defensa de todos al bien común y al bienestar colectivo. La esfera
de nuestra conservación, prosperidad y gloria para nada debe ser
desemejante con la de otros pueblos, a conciencia plena de que no hay
soluciones nacionales aisladas: ello es una simple ilusión ante
el mar de problemas que agobia a la humanidad entera.
Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra
de nuestra regeneración: ¿no es acaso este un principio
extrapolable a la realidad de naciones hermanas a nuestra Patria más
allá de nuestro continente, “allende los mares”, para
usar el lugar común? Esta es y ha sido una de nuestras premisas
permanentes y con esta gira que mañana tocará suelo bielorruso
la honramos y le damos un sentido práctico y consistente: la consolidación
cada vez mayor de un mundo multipolar, de diplomacia “multivectorial”
como en alguna oportunidad destacara Vladimir Putin, primer ministro de
Rusia y amigo de Venezuela.
Hablamos de la construcción de un mundo en el que cada nación
constituya un polo de soberanía y dignidad por el sólo hecho
de ser una nación constituida por un pueblo que le da identidad
y arraigo, un planeta cimentado en la solidaridad y en el intercambio
justo. No soy economista, pero que me demuestren lo contrario con lo que
pretendo decir: en un mundo cada vez más entrelazado de diversas
maneras, cada vez más estrecho en sus relaciones y en las repercusiones
que ofrecen las bondades y los conflictos, como bien lo demuestra la actual
crisis financiera, en fin, en la casa común, como dijera el gran
teólogo de la liberación Leonardo Boff, no existe razón
consistente para que existan naciones sometidas a la pobreza.
No quiero pecar de ingenuo o de idealista con lo que acabo de decir, pero
bien sabemos cuáles son las causas para que lo antes mencionado
parezca una levedad y no una verdad indiscutible: ese ha sido el trabajo
de la injerencia cultural, de los intereses transnacionales, de la preservación
de la hegemonía dependiente de los Estados Unidos y de los cegados
y envejecidos poderes occidentales: es preferible establecer una narrativa
en torno a la imposibilidad de hacer justicia o de secuestrarla en nombre
de la democracia, disminuyendo las potencialidades creadoras de todas
las naciones, de sus pueblos. Pretenden administrar valores fundamentales
como democracia, justicia, igualdad y libertad para que otras interpretaciones,
más en consonancia con el pueblo descalzo, no tengan cabida, no
existan. Nos llaman subdesarrollados, atrasados, bárbaros y pare
de contar y nos lo hacen saber a punta de barbarie, violencia, intervencionismo
y guerras injustificadas. Y aquí caemos en un elemento de análisis
central: ¿quién es el que realmente depende para su injustificada
subsistencia de recursos, control territorial, muerte, hambre e ignorancia?
¿Quién llega a lo injustificable y deja en entredicho lo
que afirmamos un párrafo más arriba? Que cada quien fabrique
su propia respuesta.
Libia, Argelia, Siria, Bielorrusia, Rusia: países que van a contracorriente
de la pauta yanqui integran a su modo, como nosotros, el “Eje del
Mal”: mote que transpira tufos de protestantismo reaccionario. No
es difícil de imaginar el porqué de tal calificación.
No olvidemos que el “Eje del Mal” fue una infeliz creación
del también infeliz Ronald Reagan, patéticamente reciclada
por el ex presidente Bush hijo: no pasa de ser un vulgar constructo mediático
para ocultar y tergiversar políticas soberanas que conservan su
propio rumbo, su camino a la dignidad.
Frente a tan estrecha etiqueta —reflejo de su propio accionar—
recordemos al gran pensador revolucionario Tariq Alí, que nos honró
al llamarnos —a Bolivia, a Venezuela, a Ecuador— el “Eje
de la Esperanza”, eje que, para usar las palabras del mismo Alí
en entrevista realizada por Amy Goodman, “muestra que es posible
despertar al mundo del sueño neoliberal en el que está sumergido
y que los líderes de América Latina tienen una visión
social que le ofrece al mundo una cierta esperanza en estos momentos”.
En pocas palabras, construimos en conjunto, en voz colectiva, no sólo
un eje de esperanza, sino un eje de paz.
¡¡Venceremos!!
|
|
|