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I
Si algo ha caracterizado a la estrategia imperial es el debilitamiento
y la disolución de cualquier tentativa que los pueblos han adelantado
en la determinación de sus propios destinos. La historia antigua
y reciente lo confirma: no hay dominación posible si previamente
no se socavan los procesos de soberanía e independencia. Por eso
mismo, el imperio tanto le teme al avance de los pueblos suramericanos
hacia la unidad. En este sentido, Unasur, más que un proyecto de
simples alianzas coyunturales es una urgencia suprema que se impone a
los pueblos que compartimos una historia, una memoria y una esperanza.
Con esa conciencia, Venezuela se hizo presente en la Cumbre Extraordinaria
de Bariloche el pasado viernes 28 de agosto.
Hay que destacar el hecho absolutamente relevante de que la discusión
fuera pública: de cara a nuestros pueblos. Ya se acabó el
tiempo de las agendas ocultas y de los acuerdos por debajo de la mesa.
En el mismo sentido, quiero resaltar que por primera vez se discutía
—en una cumbre o reunión de presidentes y jefes de Estado—
sobre la presencia de bases militares extranjeras en nuestra región.
La discusión fue franca y cruda —por momentos crispada—
porque existen inocultables divergencias ideológicas que son de
fondo. Pero con esas divergencias tenemos que lidiar en función
del mantenimiento y la consolidación de la unidad suramericana.
Y fue la unidad suramericana lo que se logró salvaguardar en Bariloche.
Fracasa y fracasará cualquier intento exógeno por dividir
a la Unasur.
Preocupa la retórica del presidente Uribe y su apelación
permanente al leguleyismo: al empleo, no menos permanente, de sofismas.
Si se dice —como lo hizo en una de sus intervenciones en Bariloche—
que quienes alertamos sobre la instalación de bases militares estadounidenses
en territorio colombiano, estamos partiendo de un preconcepto, todo puede
convertirse en un preconcepto. Pura retórica, vacía de todo
contenido, para eludir la discusión sustantiva. El problema es
que Colombia no va a poder ofrecer garantías de seguridad a nadie,
una vez instaladas las siete bases.
Al establecerse en territorio colombiano, allí van a quedarse quién
sabe por cuánto tiempo. Y, por consiguiente, la paz en la región
suramericana está y estará perpetuamente amenazada. Y lo
que queremos —una convicción compartida mayoritariamente
en Bariloche— es consolidar a la América del Sur como una
zona de paz. Lo que queremos es hacer imposible la guerra.
Venezuela no tiene ninguna responsabilidad en el conflicto interno colombiano.
Nuestro afán se orienta hacia la consecución de la paz en
la Patria hermana. Nuestra propuesta de una iniciativa de paz para Colombia,
hecha en Bariloche, demuestra una vez más nuestra consecuencia
en esa materia.
Lo fundamental es que en el documento final quedó establecida una
posición principista en su tercer punto: Reafirmar que la presencia
de fuerzas militares extranjeras no puede, con sus medios y recursos vinculados
a objetivos propios, amenazar la soberanía e integridad de cualquier
nación sudamericana y en consecuencia la paz y seguridad de la
región. Aquí, de hecho y de derecho, se está fijando
una doctrina de defensa que nadie puede desconocer. Y estaremos vigilantes
en relación con su riguroso y estricto cumplimiento.
Necesario es que el Consejo Suramericano de Defensa comience a actuar
efectivamente: con una visión de paridad, de equilibrio, de simetría.
(De hecho, las siete bases militares puestas a la disposición de
los Estados Unidos en territorio colombiano, generan una peligrosísima
situación de asimetría). La revisión del acuerdo
militar entre Colombia y Estados Unidos, ratificado el pasado 19 de agosto,
es un primer y fundamental paso.
II
El mismo 28 de agosto se cumplieron dos meses del golpe de Estado de Honduras:
cumplió dos meses, también, el bravo pueblo hondureño
en resistencia contra el régimen de facto.
Y preocupa que la situación hondureña comience a enfriarse
internacionalmente; que disminuya la presión sobre el gorilato.
Hoy sabemos que el zarpazo fue ejecutado en connivencia abierta con la
base militar de Palmerola: ¿si no cómo se explica que el
avión que sacaba al presidente Zelaya aterrizara primero en ese
enclave gringo?
Lo acontecido en Honduras fue un primer ensayo dentro de una escalada
militar imperial cuya continuidad se incrementa y potencia con las nuevas
bases militares yanquis en territorio colombiano.
Debemos seguir haciendo lo imposible para que el pueblo hondureño
recupere su sendero democrático. Honduras lleva ya dos meses hundiéndose
en las tinieblas del gorilismo, a pesar de que no ha desmayado la voluntad
de lucha popular en las calles y en los campos.
Son dos meses de lecciones: una, el poder descaradamente intervencionista
de importantes sectores gringos empeñados en torcer los destinos
de un pueblo; y otra la impotencia de los organismos internacionales por
hacer cumplir sus propias decisiones. Pésima señal esta
para el resto del continente, que puede comenzar a ver el oprobio y la
injusticia convertida en pan de cada día.
En un texto reciente titulado Honduras y la ocupación militar del
continente (2009) dice la destacada intelectual mexicana Ana Esther Ceceña:
Si bien Honduras muestra claramente los límites de la democracia
dentro del capitalismo, el trasfondo de Honduras, con el proyecto de instalación
de nuevas bases en Colombia y la inmunidad de las tropas estadounidenses
en suelo colombiano, convertiría a ese país en su totalidad
en una locación del ejército de Estados Unidos que pone
en riesgo la capacidad soberana de autodeterminación de los pueblos
y los países de la región.
Las acciones de este enclave militar en América del Sur se dirigirán
a los estados enemigos o a los estados fallidos, que, de acuerdo con las
nuevas normas impulsadas por Estados Unidos, pueden ser históricamente
fallidos o devenir, casi instantáneamente, estados fallidos “por
colapso”. Cualquier contingencia puede convertir a un país
en un estado fallido y, por ello, susceptible de ser intervenido.
No tienen desperdicio estas palabras: no hay la menor exageración
en cuanto a la situación de riesgo, y de riesgo inminente, en el
cual quedan todos los países de la región y, en especial,
los vecinos de Colombia. Todos somos susceptibles de una intervención
militar si no bailamos al son que nos toque el imperio.
III
A Bariloche llevamos el verbo iluminado de Bolívar. Allí
recordamos lo que dice el Libertador en carta a Mariano Montilla fechada
el 4 de agosto de 1829: Si la América no vuelve sobre sus pasos,
si no se convence de su nulidad e impotencia, si no se llama al orden
y la razón, bien poco hay que esperar respecto a la consolidación
de sus gobiernos; y un nuevo coloniaje será el patrimonio que leguemos
a la posteridad.
No estamos dispuestos a legarle a la posteridad el vil patrimonio de un
nuevo coloniaje sino el luminoso patrimonio de la Independencia definitiva.
¡¡Patria, Socialismo o Muerte!!
¡¡Venceremos!!
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