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Quiero reiterarlo: si internalizamos las tres preguntas de la jornada,
no podemos menos que reconocer que el papel histórico, que hoy
entre todos protagonizamos, es el mismo, sin duda alguna y quiero enfatizarlo,
que jugó Bolívar y todos aquellos pueblos hechos ejércitos,
como aquel que el 7 de agosto de 1819, tal día como hoy, diera
la batalla decisiva para garantizar el éxito de la Campaña
Libertadora de la Nueva Granada en el campo de Boyacá. Es nuestra
herencia y debemos responder a nuestro rol de hoy: sumémonos en
cuerpo y alma, como individuos y como colectivo, a la jornada por la nueva
independencia de Venezuela y de toda nuestra América.
No habría Revolución posible entonces si nosotros no nos
formamos; no sólo los cuadros, sino el partido, el pueblo como
un todo: el partido de masas que hoy constituimos debe ir más allá,
porque no es suficiente. Debe ser un partido de masas que genere sus propios
cuadros, de forma que el PSUV sea generador de cuadros, de líderes,
de activadores, de formadores socialistas. Recordemos la premisa fundamental
de Gramsci, punto de partida, jamás de llegada, de nuestra organización
política: un partido de masas que cree, genere, produzca cuadros.
De ahí entonces la necesidad de que el PSUV —no perdiendo
nunca el objetivo de ser la fiel expresión de esa acumulación
de crítica y fuerzas, que lo es el Poder Popular— se contraponga
a la obscenidad del poder en sí mismo, como ejercicio del control
y dominación política. Y de allí también la
necesidad de que se constituya en un espacio donde las relaciones sociales
sean sometidas al control colectivo, el único válido. Valga
lo mismo para la formación política, sin la cual lo anterior
será imposible: requerimos de una formación de cuadros que
haga imposible los carcomidos paradigmas de la educación burguesa,
la reproducción de la dominación. Recordemos la experiencia
a la luz del modelo robinsoniano y de Freire. Y de este último,
de Freire, traigamos a la memoria aquellas palabras suyas que encabezan
su Pedagogía del Oprimido (1969):
“La sectarización es siempre castradora por el fanatismo
que la nutre. La radicalización, por el contrario, es siempre creadora,
dada la criticidad que la alimenta. En tanto la sectarización es
mítica y, por ende, alienante, la radicalización es crítica
y, por ende, liberadora. Liberadora ya que, al implicar el enraizamiento
de los hombres en la opción realizada, los compromete cada vez
en el esfuerzo de transformación de la realidad concreta, objetiva.”
De eso se trata, en síntesis, formar desde las raíces —“A
la raíz va el hombre verdadero. Radical no es más que eso:
el que va a las raíces”, decía Martí—,
dentro de un ámbito abierto siempre a la crítica desde cada
quien.
Estamos, pues, a la puerta de un socialismo radicalmente por reinventar,
que es, valga la reiteración, radicalmente democrático.
Malambo, Palanquero, Apiay, Tumaco, Bahía Málaga, Tolemaida
y Fuerte Larandia, siete nombres que podrían pasar perfectamente
por localidades de nuestra geografía venezolana, nombres que podrían
identificar con mayor ahínco los lazos históricos de nuestra
región (porque no dejan de ser parte de nuestra geografía
espiritual), ahora pasan a ser nombres planificados para la entrega del
territorio, la soberanía y la dignidad. Y no solo es atentar contra
la dignidad del hermano pueblo colombiano, sino de Nuestra América
toda. ¿Tiene justificación alguna de cara al concierto de
naciones latinoamericanas? ¿Existen posibilidades de hacer creíble
tal usurpación territorial para la “lucha contra el narcotráfico”?
¿No es acaso la renovación de la misma presunta doctrina,
hija de la Internacional de las Espadas, de la Seguridad Nacional, llámese
ahora como se llame? Primero fue contra el comunismo, ahora se trocan
en el terrorismo y el narcotráfico que el mismo imperio fomenta,
¿o no es acaso el principal consumidor? Que no le quepa ninguna
duda a todos los pueblos hermanos que la geoestrategia yanqui sigue en
pie, incentivando, además, el reacomodo de las oligarquías
locales, o mejor dicho, burguesías consulares como planteaba el
sociólogo brasileño Helio Jaguaribe.
A la luz de estos acontecimientos, cobra una nueva lectura lo que ocurre
en la hermana Honduras. No podemos darnos el lujo de aislar una acción
de otra, que más aparentan un escalonamiento estratégico
que a un juego coyuntural. La instalación de las siete bases de
la infamia en suelo hermano tiene el mismo propósito que la base
aérea de Soto Cano en Palmerola, Honduras. Lo mismo que la base
de Mariscal Estigarribia en Paraguay: una triangulación militar
dispuesta a fracturar el proceso de unión latinoamericana, fractura
que bajo la óptica del Tío Sam le permitiría recuperar
su influencia y el control sobre la energía y la materia prima:
reconstruir el corredor que alimentará el monstruoso aparato de
consumo del complejo-militar industrial y el control sobre una sociedad
narcotizada. Bien podemos citarle las palabras que nuestro Padre Bolívar
le envió al agente norteamericano, Juan Bautista Irvine, por allá
por 1819 apenas consolidándose el suelo patrio, cuando pretendían
enviar dos buques, el Tigre y el Libertad, para dotar de pertrechos a
las huestes españolas:
“El valor y la habilidad, señor Agente, suplen con ventaja
al número. ¡Infelices los hombres si estas virtudes morales
no equilibrasen y aun superasen las físicas! El amo del reino más
poblado sería bien pronto señor de toda la Tierra. Por fortuna
se ha visto con frecuencia un puñado de hombres libres vencer a
imperios poderosos.”
La trama diplomática desplegada en Honduras nos da, también,
noticia de cómo pueden comportarse los gobiernos tibios y cipayos
del continente; este podría ser uno de los indicadores que dio
pie a la imposición de las bases norteamericanas. Pretendió
el imperio reeditar su sistema interamericano monroista, por encima de
las instancias nacientes y alternativas como el ALBA y Unasur. La respuesta
debe ser de todos porque a todos nos corresponde, la amenaza es contra
todos nosotros los pueblos de Nuestra América: ha llegado la prueba
de fuego de Unasur, y podemos medir su temperatura con la esquiva movida
diplomática del presidente Uribe, incapaz de hacerle frente, como
Santander en su momento —quien entregó el Congreso Anfictiónico
a los Estados Unidos— al rostro colectivo de Unasur. Exijamos todos
la justificación de Uribe de cara al concierto de las naciones.
Y recordemos otro pasaje que nuestro padre Libertador plasmó contra
el infame agente Irvine, un pasaje contra la ofensa a nuestra patria:
“Parece que el intento de V.S. es forzarme a que reciproque los
insultos: no lo haré, pero sí protesto a V.S. que no permitiré
que se ultraje ni desprecie el Gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndola
contra la España ha desaparecido una gran parte de nuestra populación
y el resto que queda ansía por merecer igual suerte. Lo mismo es
para Venezuela combatir contra España, que contra el mundo entero,
si todo el mundo la ofende...”
¡¡Patria, Socialismo o Muerte!!
¡Venceremos!
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