Las
Líneas de Chávez
"La
maisantera", la vida bonita, el amor bonito
"Dichoso el ciudadano que bajo el escudo
de las armas de su mando, convoca la Soberanía Nacional para que
ejerza su voluntad absoluta"
Todos sabemos que estas palabras fueron pronunciadas por el padre Bolívar
el 15 de febrero de 1819, en aquel memorable discurso que dejó
instalado el Congreso de Angostura, allá en la ribera sur del soberbio
Orinoco.
Ciento noventa años después, exactamente eso es lo que
va a ocurrir en Venezuela. El pueblo, gran hijo de Bolívar, de
nuevo va a hacer uso de su soberanía para expresar su democrática
voluntad.
Y de nuevo, como en estos últimos diez años de revolución,
se hará lo que la mayoría decida en las mesas electorales.
La conmemoración del cuatro de febrero fue en Maracay una verdadera
apoteosis popular-militar. Tuve la ocasión de visitar nuevamente
el viejo Cuartel Páez y saludar a los bizarros oficiales y tropas
paracaidistas del Batallón “Antonio Nicolás Briceño”.
Y allá, intactos, como si el tiempo se hubiese detenido, el
patio de formaciones bordeado de grandes árboles. Y hacia arriba,
la misma escalera de caracol, la oficina del comandante, el estandarte…
Los recuerdos… “Parece que fue ayer”.
Y luego, la Avenida Constitución atiborrada de pueblo y de soldados.
Allí conseguí viejos compañeros, grandes camaradas,
todos ratificando con su presencia nuestro compromiso patrio.
La campaña, en su quinta fase, continúa su marcha. Un
verdadero huracán recorrió los pueblos de Mariara, San
Joaquín, Guacara y los Guayos.
Es indescriptible la emoción, el frenesí, la pasión
desatada.
Como también son indescriptibles los sentimientos que me invadieron
cuando llegamos a aquella casa, “La Maisantera”, la que
fue el humilde hogar de Rosita, María, Huguito, Nancy, y yo,
desde 1989 hasta 1992.
La calle, la inolvidable calle llena de gente. Los viejos vecinos,
sus niños que ya son hombres y mujeres, jóvenes estudiantes
y profesionales. Mi compadre José Rafael, mi comadre Mimina,
mi ahijado Ronald… Mauro Araujo, por aquellos años capitán
y hoy General de División de nuestra Fuerza Aérea Bolivariana…
Alejo y Zulay, de los vecinos más entusiastas, allá en
cuya casa se armaban las buenas partidas de dominó, sobre todo
los viernes por la noche.
Los Granadillo, Jenny y Arnoldo, junto a sus hijos que son coleadores
y sus hijas, ahora lindas mujeres que trabajan por la Revolución…
Y conmigo, pegadas como la hiedra, mis muchachas, Rosa Virginia y María
Gabriela, hechas toda una palpitación misteriosa, una presencia
mágica. Entramos al fin, recibidos en la puerta por donde salí
aquella madrugada tormentosa para no volver sino hasta ahora, diecisiete
años y tres días después, por una muy hermosa familia
Luso- Venezolana, llena de comprensión, de afecto y amor. Ella,
la señora Ana María Pereira nacida en Madeira, esa paradisíaca
Isla de Portugal, con un niño de apenas quince días de
nacido, llamado Anthony Gabriel.
Lo ofreció, madre generosa, a mis brazos. Y el bebé dormidito
y sin hacer el menor caso al bullicio, vino a reposar tranquilito junto
a mi pecho.
El, Freddy Moreno, nacido allá mismo en San Joaquín,
trabajador y padre de familia, con una sonrisa afectuosa, abrazando
a Freddy Alejandro y Ana Patricia, los hijos mayores del matrimonio
Moreno Pereira.
Mis lágrimas eran sencillamente inevitables. Y las dejé
allá, regando aquel lugar sagrado, como tributo a lo que fue
para mí, un verdadero nido de amor, de sublime amor. Como tributo
al pasado que allí palpita. Y sobre todo, como tributo al futuro
que por todas partes se asoma.
Generosos, me permitieron ver los cuartos. La habitación matrimonial
con la ventana que da hacia el garaje, esa misma a través de
la cual me llegó una tarde la voz inconfundible de mi comadre
Mimina Angarita, en un grito que fue como un balazo: “Compadre,
mataron a Felipe Acosta”.
Fue durante el Caracazo, exactamente cuando recién caía
el sol del primero de marzo de 1989.